Un grupo de marcianos

Marciano

Por alguna razón los sentimientos siempre han sido un ente un poco extraño para mí, como si fuera algo que pasaba dentro de mi cuerpo pero a la vez ajeno. Sé que suena extraño, pero es como si mi vida y mis sentimientos a veces fueran en paralelo y nunca se encontrasen. Como si fueran dos desconocidos que coinciden a menudo y se miran el uno al otro desde cierta distancia todos los días de camino al trabajo, sin saludarse. No los entendía e intentaba separarme de ellos pues me parecía que no me pertenecían, que eran una prenda prestada un par de tallas menor. Ya sé que era un acto inútil pero sin pedir consejo y siendo un “analfabeto emocional” es lo mejor que sabía hacer. Durante mucho tiempo intenté esta estrategia, que -sin sorpresa- falló miserablemente.

Siempre que sentía alguna emoción más intensa de lo normal me preguntaba si eso era lo habitual, si le pasaría a más gente o si solo eran cosas de un tío raro como yo. Mi mundo interior ha sido bastante rico durante toda mi vida y esto ha dado pie a muchas conversaciones conmigo mismo en las que esta pregunta era el centro de la misma: “¿Se siente el resto del mundo como yo me siento?” Pero no se despejaba esta duda porque, en la conversaciones que tenía con otros y las que observaba entre terceros, todos parecían repetir un mantra y un gesto: respondían “estoy bien” y sonreían. No se escuchaba respuesta diferente a “¿Cómo estás?”, no se hablaba de sentimientos, no se compartían las alegrías o los dolores. Se desarrollaba un diálogo que parecía un corta-pega constante, todas parecían iguales, y en todas las emociones que eran admitidas estaban limitadas.

Observaba desde cierta lejanía estas interacciones y me quedé con la idea de que yo debía ser el único rarito que podía responder “pues no estoy muy bien” o “eufórico” a esa pregunta pero no me atrevía por miedo o por vergüenza, pues parecía que solo pudiese darse una única respuesta y la mía no encajaba con el patrón esperado. El resto del mundo parecía tener bien claro de qué iba esto de la vida, parecía tener todas las respuestas y sus emociones bien amarradas pues no se salían del patrón en sus interacciones. Esto no hacía más que empeorar la situación, porque me sentía aun más marciano, más raro y no en el buen sentido.

Todo esto cambió el día en el que me animaron a mostrarme vulnerable y compartir con el mundo mis alegrías y mis penas. Compartirlas sin filtro como quien comparte lo más preciado que tiene con aquel que quiere recibirlo. No hablo de que ese día empecé a llorarle a la gente por la calle o empecé a ser un tío agrio que solo habla de cosas tristes. Ese día empecé a compartir todo, no sólo lo bueno -y esperado- sino lo malo y lo triste como parte de un todo necesario con aquellos que querían escucharme. Pues es necesario sentir tristeza para valorar la alegría, es necesario el negro para que el blanco brille más, es necesario el contraste en la vida para ser capaz de apreciar lo que ésta nos da.

Y ese día pasó algo maravilloso que se viene repitiendo desde entonces: quienes me escuchaban compartían también sus sentimientos conmigo, a veces sus alegrías, a veces sus penas, pero normalmente una mezcla de ambas. Me cuentan su realidad sin filtros, los momentos en los que se han sentido vulnerables, en los que han estado eufóricos, los buenos y los malos. Ese fue el momento en el que dejé de sentirme un bicho raro, cogiendo el poco coraje que tenía para contarle al mundo -o a quien estaba dispuesto a escuchar- mis momentos más íntimos. Y creo que ese instante fue en el cual ayudé a quienes estaban frente a mí a empezar a sentirse identificados y reconocidos.

Creo que ese día ha marcado un punto de inflexión en mi vida y en las de aquellos que han decidido estar al otro lado escuchando lo que yo quería decir desde hace años, a la vez que contándome lo que ellos se guardaban dentro desde hacía tiempo. Es por eso que hoy te voy a pedir que no te guardes ese tesoro que llevas tiempo agarrando y lo sueltes, porque hay muchos como tú esperando que alguien hable. Somos muchos marcianos haciéndonos pasar por terrícolas y hasta que uno de nosotros no se quite la máscara el resto va a seguir fingiendo.

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