A jugar, que son dos días

Jugar como un niño, entrar en flow

Sentado en una silla incómoda, atendiendo una clase que prometía ser tan aburrida como la anterior, rodeado de otras 30 criaturas que estaban intentando no quedarse dormidas en una mañana bastante calurosa. Ahí fue dónde, y cuándo, me presentaron la visión que diversos filósofos tenían sobre el sentido de la vida, un concepto tan exótico que me sacó del sueño como una ducha de agua fría. De repente me había topado con la idea de el sentido de la vida.

¿La vida debía tener sentido? ¿Por qué existo? ¿Qué hago aquí? ¿Qué quiero hacer? Espera, eso significa que vamos a morir en algún momento

No lo había acabado de entender del todo: voy a morir, mi existencia es finita como un camino, con un inicio y un fin.

No me lo había planteado y ahora me surge la pregunta: ¿Qué quiero hacer con lo que me queda?

A pesar de ser un concepto tan poco discutido por mi círculo en aquel momento, y — a priori — un tema triste, el torrente de preguntas sobre la vida y la muerte solo me dieron vitalidad. Si tenía una cantidad lmitada de tiempo, lo mejor sería usarlo de forma eficiente, ¿no?, pero, ¿qué es eficiente para mí?

Después todas estas preguntas un tanto etéreas me fuí dando de morros contra la realidad, y las dudas se fueron amontonando en el grupo de las que no tienen respuesta. Estudios, trabajo, responsabilidades, papeleo, gestiones, preocupaciones, todo eso que viene emparejado con la madurez fue frenando las respuestas y dando paso al día a día. A eso que la gente a mi alrededor parece aceptar como algo normal: dedicar tiempo a actividades que importan una mierda, a ellos y al universo. Son acciones que no dan satisfacción alguna,que no van a ningún lugar más que a un pozo de tristeza, y que roban un tiempo que nunca nadie podrá recuperar.

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Y llegó el momento en el que aquello que se supone que debo hacer — como persona madura que se supone que soy — colisionó con lo que me hace sentir bien, y empezó en mi mente una batalla épic. En realidad no tuvo tanta clase, se pareció más a una pelea a base de tirones de pelo, así me quedé.
Cada idea tiraba de un extremo de la cuerda de la realidad, una jalando hacia el mar, lo que me hacía sentir lleno, y otra hacia el día a día. Intenté acallar la voz que me atraía a la costa, diciéndome a mí mismo que el surf era un juego de niños. Intenté creerme que lo importante era la seguridad y la estabilidad, la tranquilidad, ni mucho ni poco, en medio y cómodo. Como si no fuera un privilegiado que vive en el primer mundo y tuviera que preocuparme por sobrevivir.

¿De qué sirve el surf si no me da dinero, de comer o una casa? ¿Cómo me justifico que quiera emplear tanto tiempo jugando en algo que no tiene otro fin más que la práctica en si misma?

Cualquier respuesta que diera a estas preguntas no iban a ser correctas, flaqueaba en la base, no se mantenía por sí solas. Tuve que volver a revisar la pregunta básica de cuando era adolescente, esa cuya respuesta puede formar un cimiento sólido para el resto: ¿Qué sentido quiero que tenga mi vida?

Y aun no tengo la respuesta completa -quien la tenga que me la pase por debajo de la mesa por favor- pero sí tengo piezas del puzle: quiero estar satisfecho con la vida. Quiero emplear el tiempo en cosas que me emocionen, que me hagan sentir de manera intensa, sensaciones buenas y malas, todas. Quiero sentir, por encima de todo, y para ello voy a elegir los sentimientos por encima de las necesidades primarias — un techo, seguridad económica, tranquilidad. Porque vivo en el primer mundo, y tengo todo garantizado.

Porque soy un afortunado: voy a surfear, jugar y descubrir.
Voy a entrar en flow todos los días.

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