Cicatrices

Cicatrices

Hace un tiempo un amigo me dijo que debía contar mi historia, que era importante que el mundo lo supiera. Que les anunciara aquello importante que me había pasado y me había dejado marcado para siempre.

Le pregunté: “¿Y qué le puedo aportar yo al mundo, si no he hecho nada importante?”

Su respuesta fue lapidaria: «Hay alguien ahí fuera luchando con demonios internos, que solo necesita identificada y comprendida. Necesita saber que tú has pasado lo mismo».

Y fue así como empecé a hurgar en mi dolor, porque resultó que todos tenemos uno: algo que nos ha marcado y nos ha servido de brújula el resto de nuestras vidas.  Porque a todos nos han golpeado en algún momento, y la herida dejada puede que no haya cicatrizado. O que cure mejor si se la enseñamos a otro y éste nos enseñe la suya. No había que ser alguien famoso o tener una historia con un titular para que fuera necesario compartirlo.

Es por eso que hoy voy a compartir algo: me sentí solo y el surf fue mi refugio.

Durante años, siendo adolescente, no supe cómo hacer amigos y empecé a encerrame en una cárcel en la que solo cabía yo, pues la forma que tenía era exactamente la de mi cuerpo.  Las personas me parecían difíciles de entender, no sabía cómo relacionarme y cuando lo intentaba me sentía estúpido. Para evitar sentirme de manera, dejé de acercame a esos seres extraños, poniendo una barrera que me separaba del mundo.

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El mar fue mi universo especial en el que no había nada malo o miedo alguno, donde todo era posible. Me mantuvo cuerdo y me ayudó a reflexionar sobre mi vida, sobre el ser humano, sobre lo que me decían aquellos que conseguían acercarse a mí. Tardé en aprender a ser sociable, me costó más de un dolor de cabeza y más de una discusión con quien tenía la paciencia de ir guiándome. Como quien aprende  a caminar de nuevo, tuve que volver a aprender a ser sociable a base de escuchar, leer y practicar.

Gracias a que desde muy pequeño mi madre me acercó al surf, pude tolerar esos años de soledad y, gracias a los que fueron tremendamente pacientes conmigo, conseguí cerrar la herida, pero la cicatriz se quedó. Cuando la miro solo puedo acordarme de cómo me sentía, de cómo se deben de sentir miles de personas ahora mismo y  de cómo podría ayudarlos. Me traslada a esa sensación de perro abandonado, de paria expulsado del pueblo, pero también a los momentos de paz sobre una tabla de surf en donde iba asimilando las lecciones que me iban dando mis maestros.

Aún no sé si podré ayudar a quien tienen mi misma cicatriz más allá de compartiendo mi historia, pero  procuro tenerla presente  porque me ayuda a ser más compasivo con el resto, pues es fácil que estén luchando por cerrar su propia herida ahora mismo. Estés cerrando una herida o con una cicatriz que aún duele al mirar, espero que a partir de ahora sepas que todos tenemos una, con una forma y dolor muy particular, y que compartirla solo va a hacer que cierre antes.

Cuéntame, ¿qué cicatriz tienes?

 

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