Creando un arcoiris con pintura gris

El día empezaba de una manera amenazadora: nubes negras como el fondo de un pozo, lluvia débil  y rachas de viento que iban y venían. Me asomé al balcón de mi casa, apoyándome en la barandilla fría y húmeda por el agua de lluvia, para poder alongarme y ver cómo estaba el tiempo en otras direcciones y lo que se podía ver era más de lo mismo.

El mar tiene esa capacidad de hacer que lo eche de menos. Si no lo visito con frecuencia empiezo a estar intranquilo, con exceso de energía. Como un puzzle al que le falta una pieza voy incompleto por la vida, como un animal al que han encerrado en un zoo, me muevo de un lado para otro sin un rumbo determinado. Me falta algo. Llevaba mucho tiempo sin hacer surf, me parecía que había pasado una eternidad y sentía una necesidad imperiosa de mojarme e intentar coger una ola al menos. Me daba igual el estado del mar, o eso me decía mi desesperación, que siempre está ahí cuando ha pasado la fecha de caducidad de la última sesión en el mar.

Ya conozco a esta señora -la desesperación- y sé que suele contarme unas mentiras bastante grandes cuando llevo tiempo sin surfear, y también sé que me las suelo creer todas. Esta ocasión no iba a ser diferente y en mi cabeza ya se había creado un mundo maravilloso de olas perfectas, maniobras radicales y sensaciones estupendas. Así que siguiendo esta promesa decido coger mis cosas y dirigirme a la playa.

Como en una película que va desvelando la trama poco a poco, mientras conduzco hacia el lugar voy obteniendo pistas del estado real del mar. A medida que me iba  acercando a la zona, la mentira que me había creído empieza a caerse: había mucha más fuerza de la que había anticipado, el mar está gris y un hay viento horroroso. El mar tenía un aspecto siniestro, como si quisiera tragarse a todo el que osara entrar en él.

Y con semejante panorama me encuentro en la orilla de ese mar con tono gris del que están hechas las pesadillas, sobre el que está lloviendo con intensidad. A mi espalda las nubes suben por las montañas en forma de niebla, completando una estampa que bien podría haber salido de una novela de Stephen King. Tengo dos opciones bien claras: arriesgarme a entrar y pasar un mal rato, o jugar a lo seguro y volver a casa.

Quizá guiado por la inercia y un poco por el eco de las mentiras que la desesperación me contó, decido saltar al mar oscuro y bravo, para descubrir que el estado del mismo es mucho peor una vez dentro. Más tenebroso, más frío, más desordenado y con olas más grandes. No es lo que quería en absoluto: yo quería un día en el que estar cómodo en el agua, un día con menos tamaño y menos viento, donde el mar no pareciera una amenaza.

En un día oscuro es posible pintar un arcoiris si me centro en cómo sacarle todo el partido a esa gama de grises.

Pero esto es lo que me da la naturaleza, y quizá es lo que necesito:  salir de mi zona de confort y afrontar una situación para la que llevo tiempo preparado pero que estaba evitando. Quizá tengo que buscar cómo aprovechar lo que me entrega la vida y centrarme en sacar el mayor provecho de la situación sin esperar a que llegue el momento perfecto

Supongo que mi mente estaba en el lugar correcto ese día porque decidí que iba a obtener el máximo partido de lo que me ofrecía la vida y a aceptar el reto que la naturaleza me estaba poniendo delante. No estaba centrado en disfrutar todo lo posible, pues iba a ser bien difícil cuando el mar se presenta como un rival a batir, sino a aprender todo lo que pudiera, a experimentar con las sensaciones y a usar este día como una lección en lugar de un castigo.

El disfrute, la satisfacción no fue mi objetivo, sino una consecuencia de aceptar y usar una situación desagradable que se me estaba entregando. Usé este día de condiciones amenazantes para enfrentarme de nuevo con el miedo, para entenderlo un poco más y saber como no dejar llevarme por él. Quizá debería dejar de intentar esperar a las condiciones ideales en la vida para hacer algo. Quizá esforzarse en crear el escenario ideal no sea la mejor estrategia en la vida. Quizá lo más inteligente sea coger lo que viene y utilizarlo de la mejor manera en cada momento. Quizá estoy centrado en lo que quiero y debería fijarme más en lo que necesito.

 

 

 

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